“Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.” — Mateo 8:3
Con este boceto a carboncillo, intento capturar el momento más humano y divino a la vez: el contacto. En aquel tiempo, un leproso no sólo cargaba con el dolor físico, sino con el peso del aislamiento y el olvido. Nadie los tocaba. Nadie se les acercaba.
Para mí, este dibujo representa que Dios no nos sana a la distancia. Él se ensucia las manos con nuestras heridas, rompe los muros de nuestro rechazo y nos devuelve la dignidad. El rastro dorado en sus manos simboliza que, cuando Su gracia nos alcanza, lo que estaba roto no sólo se restaura, sino que se vuelve precioso.
Pasar de ser "intocable" a ser "amado" es el milagro más grande de todos.